Subte a la locura

Sol de 3 de la tarde, un cielo extrañamente azul, la gente tan dispareja e igual, no le pidas tanto a mi pobre corazón. El calor atravesaba el vidrio de la puerta del balcón, ella deja la computadora un minuto y gira para verme, un silencio incomodo ruborizó nuestras miradas, ya no había nada de que hablar. Un salto brusco de la cama, agarro abrigo y llaves al mismo tiempo y me encierro en la calle.

Desde el momento en que ella giraba su cabeza para verme, yo solo podía pensar en la chica del subte, un ángel que veía esporádicamente en mis viajes, alguien que atraía mis sentidos hacia el mismo punto cardinal. La mañana nunca me parece bella en la ciudad, pero como no admirar ese hermoso paisaje que me representaba. Y pues, ya estando en la calle y sin más nada de que hablar, porqué no buscarla, al menos para empapar de hermosura mi alegría.

Retiro mi pasaje y la empiezo a buscar silenciosamente con la vista, nada por aquí nada por allá. Decidí recorrer todas las estaciones para verla, ya el deseo era necesidad, la sangre quemaba en mi cuerpo. Los ojos se me enrojecían con el paso de las horas, mi teléfono ya no podía con las llamadas desde mi casa, un instinto violento y fin de las llamadas, fin de ese aparatito chillón. ¿Dónde estaba?

Ahora solo, puedo pensar en ella, tantos días buscándola allí en el subte, debatiendo con mis compañeros de cuarto y de uniforme, a quién quería mas ese ángel, tan blanca y pura, como las paredes de este cuarto, como el delantal de las enfermeras.

Pero ese ángel siempre está a mi lado. Ella es mi todo, de todos...