Ambos sabemos que tendríamos que hablar pero los dos sentimos, en silencio, que no hay nada que decir. Nada que hiera al otro y que sea fértil. Yo no soy bueno con las letras ni vos con los modos, pero algo flota y se escabulle entre nosotros y nos irrita y nos hace amarnos y mentirnos; besarnos y golpearnos.
Suena raro decir que no estamos en ningún lugar, más que donde nuestros pies indican. Los sentimientos de pertenencia nos van abandonando y quedamos en una anarquía de indicaciones e ídolos. Y así nos desunimos, para extirpar con metros lo que no podemos con símbolos. Equidistantes y al acecho de una muestra de amor bruto.
Nada nos hace volver pero -a veces- lo hacemos, y nos amamos por un rato para luego partir y decir que, de vez en cuando, elegimos ser felices.